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Jesús Girones
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lunes, 31 de agosto de 2009 |
Escribía de si mismo Mario Merlino: «Lleva colgado el sambenito de distraído y es, hasta cierto punto, impúdico, obsesivo, impaciente, posesivo, apasionado, complaciente, simpático, insoportable. Prefiere la imperfección (‘los perfectos son de piedra’) y le encanta intercambiar imperfecciones con amigos, amores, aventuras, como si fuesen cromos». Son palabras para su ‘Arte Cisoria’ (Calima Ediciones, Palma de Mallorca, 2006), su ya irremediablemente último libro de poesía publicado en vida, que toma título de la obra del Marqués de Villena.
Y me noto que no quiero escribir sobre nuestro amigo, como decía Ana Serrano en El País «premio nacional y mil cosas más». El nacional de traducción lo consiguió en el 2004 por el ‘Auto de los condenados’, de Antonio Lobo Antunes, editado por Siruela. De la misma editorial era ‘Pizzería Kamikaze’, que es ya también el libro protagonista de su última tertulia en Las Rozas, que mantenía dentro de una interesante labor de las Bibliotecas del municipio vecino con su carisma habitual. Le encantó que a mí también me fascinasen y divirtiesen los relatos de Etgar Keret. Y que conste que ‘Pizzería Kamikaze’ lo saqué de nuestra biblioteca Miguel de Cervantes.
No pude ir a la tertulia, porque ese día presentábamos el último ST Libro Objeto, ‘La unión no tiene género’, y al Círculo de Bellas Artes llegó Mario Merlino, como un mago que hubiese casi conseguido tener el don de la ubicuidad para deleitarnos con un texto intenso e inquietante, que hablaba de la infancia y el deseo, y unía plegarias, eros y performance.
Todavía le recuerdo subido en el autobús 656, el pasado julio, después de ver ‘El homosexual o la necesidad de expresarse’, de Copi, en El Foro -precisamente en las salas de la antigua biblioteca-, con un impresionante Samuel Dávalos dirigido por Guillermo Castrillón. Con su cara ‘distraída’, porque como decía el poeta Arturo Carrera, «su cara resplandecía, enorme, pálida, y de pronto estallaba rojeante en una risa que lo caracterizó hasta ahora».
Hoy mi única terraza es el dolor. Pero pensaré un líquido rojo e intentaré ser audaz, tener su arrojo. Imaginaré que Mario Merlino ha conseguido por fin estar en muchas partes a la vez: en la memoria de todos los que le disfrutamos, amamos, aprendimos, leemos... Ana María Matute, le dedicó así su ‘Paraíso inhabitado’: «Para Mario Merlino, que mis cosas en su voz me parecen sublimes».
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Modificado el ( jueves, 03 de septiembre de 2009 )
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